Aquella mañana volvía a casa con la sonrisa de oreja a oreja y los ojos llenos de ilusión. Desde que era muy pequeño comenzaron a gustarle las estrellas, pasaba las noches observando con un pequeño telescopio por la ventana de su habitación, y soñaba con ser astronauta. Aquella mañana su maestra preguntó en clase:
- ¿Alguien sabría decirme el nombre de los planetas del sistema solar?
Desde hacía dos años ya lo sabía, y por primera vez podía ser el primero de la clase.
- Yo lo sé señorita.
- No los digas aún, ¿podrías enseñárnoslos mañana?
Miraba con ojos como platos asintiendo con la cabeza.
A saltos llegó a casa de alegría, de un salto esquivó el charco de la entrada de casa y de un salto subió las escaleras hasta su cuarto para ponerse manos a la obra.
Rebuscó entre su baúl de juegos y sacó plastilina de colores, las hizo bolitas formando los planetas, cortó un trozo del techo de su cuarto, un lienzo azul oscuro con estrellas dibujadas, y clavó en él con palillos de dientes las bolitas. Para la hora de comer tenía encima del escritorio un pequeño sistema solar y toda su ilusión.
Aquella tarde la pasó pensando que iba a decir al día siguiente. Ensayó con su abuelo la presentación.
- Y este de color rojo es Marte… -miraba al techo de la habitación - ¿Habrá marcianos allí de verdad abuelo?…- el abuelo lo miraba perplejo sin saber que contestar.
- ¿De verdad existe un Dios que creó todo el universo?- el abuelo se encojía de hombros sin una respuesta que dar que no fueran sus propios ideales.
Ultimó los detalles de su obra con su madre y unos hilos para marcar las trayectorias de los planetas y se fué a la cama sin sueño y con la idea de ser por una vez el primero de la clase.
Por la mañana estaba el primero al pié de la escalera, con su raya al lado, oliendo a la colonia de su padre y con el pequeño sistema solar en las manos. Impaciente. Entusiasmado. Orgulloso.
Vió a sus madre coger las llaves del coche de la encimera y respiró hondo comprendiendo que había llegado el momento. Y al tiempo de salir por la puerta, un golpe de aire levantó al pequeño universo de sus pequeñas manos y lo volcó en el charco que el día anterior había cruzado de un salto. Intentó rescatarlo, pero el papel se deshacía entre sus dedos, su universo de desmoronaba y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Se levantó y miró hacia la puerta con el alma rota de dolor, cuando el abuelo que había salido para ver a su nieto marchar le dijo:
- Por desgracia nieto, esa es la respuesta a tu segunda pregunta.