Pedro Moreno

Documentando mi visita al planeta tierra desde 1979

El camping del terror

Espero que nadie lo descubra, que no tengan la oportunidad de vivirlo, que vivan en la ignorancia de que tal lugar existe. De día una cosa, y de noche otra.

Es fácil imaginarlo pero dificil vivirlo. Una habitación con olor a perro mojado, queso y orina, no acierto en que proporción. Una máquina de latas de refresco y patatas, y otra de agua sucia que llaman café, en la que introducen por debajo todo tipo de comida traida de casa para que se mantenga fría. Calendarios de figuras religiosas, fotos de familiares decorando las paredes, dos servicios con ropa tendida de pared a pared, mantas, cepillo de dientes, y butacones desperdigados por todas partes a modo de camas improvisadas, formando en conjunto el peor camping improvisado imaginable. Y una mujer que parece un hombre, o un hombre que parece una mujer, es la encargada de las persianas, la dueńa del interruptor de la luz y la que sabe a que temperatura queremos estar. Un lugar para olvidar, la sala de espera de la UCI.

Perdona

Perdona, ¿es por aquí para ir a la universidad?. Coche de hace veinte años, con veinte abolladuras y veinte vueltas al mundo. Hombre con barba recién afeitada, de esas que sólo lo hacen para ocasiones especiales, bigote, boina, camisa de botones. Piel castigada por años de sol. Asoma la cabeza por la ventanilla y me pregunta como el que busca la puerta al cielo. En el asiento del acompañante, veinte años de escasa experiencia. Manos de albañil y cara de granjero. Raya al lado y camisa de botones. Mirando los edificios como el que mira a un fantasma.

- Llevo a mi hijo a la universidad. Se va a apuntar. Mi hijo, a la universidad.

Las lágrimas casi se le escapaban de los ojos. Las mías lo hicieron.

Cuando las casas se quedan vacías

Cuando las casas se quedan vacías, cuando la última persona de la familia sale a la calle y cierra la puerta tras sí, ellos tienen su oportunidad. Se desprenden de las paredes silenciosamente y se van sentando en torno a la mesa camilla hundiendo sus pies en las ascuas del brasero, con la vana esperanza de calentar sus cuerpos yertos. Cuando los vivos se van a sus quehaceres y los otros van llegando y descansan un instante en su vagar eterno, el pájaro se retira tembloroso al fondo de su jaula y queda mudo, el gato se estrella repetidas veces contra el cristal de la ventana y acaba por refugiarse en un rincón hecho un ovillo, los perros aúllan de esa manera tan particular y fúnebre, y los peces, si los hay, desorbitan sus ojos y se quedan entre dos aguas sigilando su propio silencio. Por eso, si sois los últimos en abandonar la casa y advertís que se os ha olvidado algo, haríais bien en no volver a entrar, pero si acaso las circunstancias os obligaran a hacerlo, introducid ruidosamente la llave en la cerradura, llamad al timbre, aunque sepáis que no hay nadie, y entrad silbando. De lo contrario ellos podrían verse sorprendidos y vosotros seríais los únicos en sufrir las horrendas consecuencias por haber interrumpido tal género de reunión. Esta advertencia que acabo de hacer sólo reza para las casas antiguas, aquellas en las que ha fallecido más de una persona. Si ese es vuestro caso no seáis imprudentes. Obrad tal y como acabo de advertiros, y si es invierno dejad el brasero encendido. Cuesta tan poco ilusionar a los que ya están para siempre desilusionados… Encerrad al gato en una habitación y poned el capuchón a la jaula del pájaro y, si os es posible, circunstancialmente, dejad sobre la mesa camilla un recipiente con un poco de sangre.

- Diabólica advertencia, de Pedro Montero

Desayunando

Leche caliente. Un sobre de quince gramos de Cola-Cao. Otro de azúcar. Una cucharilla formando un remolino en un vaso de bar casi opaco de tantos lavados. Y un extraño que se sienta en la misma mesa, compartiéndola como si desayunara contigo todos los días, y te pudiese contar la vida de su hija en ese mismo momento. Más de cincuenta años. Menos de sesenta.

Y cuenta de cuando era joven, de sus gustos, de donde viene y a donde va. De sus sueños, de cosas que no pudo hacer, de que se arrepiente, sus logros, sus victorias, cuantas chicas conquistó cuando aún llevaba gorra…toda su vida en una dosis comprimida de diez minutos, lo que se tarda en tomarse un Cola-Cao caliente como el mismo infierno.

Y de eso que recibes un email en el móvil, lo sacas a medias del bolsillo de la camisa, lo lees por encima y lo guardas. Y piensas que todo quedará ahí hasta que tu nuevo compañero de Cola-Caos te pregunta que tal te va con el móvil. Que el lo tiene pirateado y le instala casi todas las aplicaciones que ve gratis para probarlas y luego las borra. Y que en eso pasa el día, no lo dice, pero lo notaría hasta el de la mesa de al lado. Se le ilumina la cara al contarlo, abre los ojos, sonríe como un niño en lo más alto de un columpio. Habla como el que se ha leído todas las revistas de informática, y todos los blogs de Internet, y se los haya aprendido de memoria, con cada palabreja, sigla o expresión. 

También habla de motos, antiguas, mucho. Hace un repaso a su historial, con marca, modelo y una anécdota de cada una de ellas, o varias, y siento que podrían ser miles. De que piezas desmontaba en el taller de su abuelo, de cuanto le costó conseguir tal asiento. Y ahora las restaura, cuenta que las tiene todas guardadas en un taller cerca de donde cada día tomo un Cola-cao. Y me invita a verlas.

Y no se como estoy entrando en una nave industrial llena de colchones desde el suelo al techo, formando pasillos de medio metro de ancho y el aire oliendo a humedad y polvo. Colchones de apariencia, sin venderse, sin haber pisado un cliente aquel suelo en años. Y pasamos a un pequeño despacho medio a oscuras, con torres de ordenador por todas partes, piezas, destornilladores, ventiladores, cables y monitores. Móviles de todas las marcas alineados en las estanterías, con sus cargadores liados cuidadosamente en sus cables. Y al encender una luz al fondo del todo, motocicletas que parecen se vayan a desmoronar con solo tocarlas, brillantes como el día que salieron de la fábrica. Y las mira como un padre mira a su hija chapotear en la orilla de la playa. Y yo lo miro a el preguntándome si no seré yo dentro de treinta años. 

Pequeño universo

Aquella mañana volvía a casa con la sonrisa de oreja a oreja y los ojos llenos de ilusión. Desde que era muy pequeño comenzaron a gustarle las estrellas, pasaba las noches observando con un pequeño telescopio por la ventana de su habitación, y soñaba con ser astronauta. Aquella mañana su maestra preguntó en clase:

- ¿Alguien sabría decirme el nombre de los planetas del sistema solar?

Desde hacía dos años ya lo sabía, y por primera vez podía ser el primero de la clase.

- Yo lo sé señorita.

- No los digas aún, ¿podrías enseñárnoslos mañana?

Miraba con ojos como platos asintiendo con la cabeza.

A saltos llegó a casa de alegría, de un salto esquivó el charco de la entrada de casa y de un salto subió las escaleras hasta su cuarto para ponerse manos a la obra.

Rebuscó entre su baúl de juegos y sacó plastilina de colores, las hizo bolitas formando los planetas, cortó un trozo del techo de su cuarto, un lienzo azul oscuro con estrellas dibujadas, y clavó en él con palillos de dientes las bolitas. Para la hora de comer tenía encima del escritorio un pequeño sistema solar y toda su ilusión.

Aquella tarde la pasó pensando que iba a decir al día siguiente. Ensayó con su abuelo la presentación.

- Y este de color rojo es Marte… -miraba al techo de la habitación - ¿Habrá marcianos allí de verdad abuelo?…- el abuelo lo miraba perplejo sin saber que contestar.

- ¿De verdad existe un Dios que creó todo el universo?- el abuelo se encojía de hombros sin una respuesta que dar que no fueran sus propios ideales.

Ultimó los detalles de su obra con su madre y unos hilos para marcar las trayectorias de los planetas y se fué a la cama sin sueño y con la idea de ser por una vez el primero de la clase.

Por la mañana estaba el primero al pié de la escalera, con su raya al lado, oliendo a la colonia de su padre y con el pequeño sistema solar en las manos. Impaciente. Entusiasmado. Orgulloso.

Vió a sus madre coger las llaves del coche de la encimera y respiró hondo comprendiendo que había llegado el momento. Y al tiempo de salir por la puerta, un golpe de aire levantó al pequeño universo de sus pequeñas manos y lo volcó en el charco que el día anterior había cruzado de un salto. Intentó rescatarlo, pero el papel se deshacía entre sus dedos, su universo de desmoronaba y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

Se levantó y miró hacia la puerta con el alma rota de dolor, cuando el abuelo que había salido para ver a su nieto marchar le dijo:

- Por desgracia nieto, esa es la respuesta a tu segunda pregunta.

Algo bueno

Ahora, si nos quedamos escondidos en una de las esquinas próximas a la puerta de un bar, y prestamos atención, podemos ahorrarnos la televisión, la radio o leer libros. Ahora, sobre un mar de colillas y bajo las heladas tempranas de las mañanas mediterráneas, un hombre enfundado aún en el traje de faena, aunque hace meses que no trabaja, rememora batallas antiguas. Como, cuando era pequeño, hacía recados a su abuela por dos pesetas, como lo persiguieron en la época que nadie quiere pero todo el mundo parece querer recordar, donde hizo la mili o donde conoció a una mujer cualquiera menos a la suya. Un hombre aferrado al pasado, con las mismas palabras y las mismas ideas grabadas a fuego en la cabeza, en un mundo sin ordenadores, Internet o hipoteca.

Antes todas esas historias quedaban dentro de los pequeños bares de barrio, con el humo de mil cigarrillos inundando cada gramo de aire, con el olor a aceite, a manteca colorá y a jamón. Y ahora las tenemos para disfrutarlas en la puerta del bar de cualquier calle de cualquier barrio. Algo bueno tendría que traernos la ley del humo.

Valor

Y la gente se aparta a un lado y a otro, y aparece andando descalza, casi flotando y etérea en el aire, y avanza hacia mi con media sonrisa entre sus labios sin carmín. Su pelo amarillo como el trigo en agosto juega con el viento, al igual que lo hace su vestido enredado en sus piernas, se mece dejándome inconsciente e ingrávido en el interior de mi pequeña burbuja de felicidad hermética y blindada a prueba de risas ajenas.

Y el sueño se repite una y otra vez desde hace dos años, los que llevo en el instituto viéndola desde la última fila sentada en la primera.

Y veinte años después intento imaginar porque nunca fui capaz de decirle ni una palabra.

Mar de sábanas

Miles de pequeñas y asfixiantes partículas de polvo flotan inmóviles en el aire espeso y caliente del mes de julio, bañado por afilados destellos de luz que se filtran por agujeros entre sábanas gigantes que tapan el cielo. Los pies bañados en polvo, bolsas transparentes de plástico y papel de envolver. Huele a piel, plástico y aceitunas. Un murmullo constante y a la vez cercano inunda los pasillos, entre cientos de cajas de zapatos, vestidos que cuelgan de perchas y pantalones cortos de color rosa palo. Sudor, calor y caos. Y un pasillo da a otro pasillo, que a su vez da a otro pasillo, y furgonetas blancas que parecen clonadas cierran por completo el paso de ese pasillo el cual crees que es la salida de este mar de chanclas a cuatro euros, y tienes que rodear pasando por un puesto de frutos secos traídos de quien sabe donde, y un puesto de pañuelos de seda de un millón y medio de colores. Y cajas apiladas, y perchas, y olor a aceitunas.

Y esto es el rastro a la hora de la recoger.

Vivir con miedo

Ultimamente noto en la gente con la que hablo una especie de “miedo”. Un miedo que no muestran pero que cuando ahondas un poco sale a flote, mostrando su cara más amarga. Cada uno vive con un miedo, o con varios. Unos temen a las multas, que si como hay huelga o están protestando te van a multar hasta por meterme el dedo meñique en la nariz en un semáforo, y pagues por mililitro o gramo extraído.

Otros temen porque ya no saben si bajarse películas, o música, o si pueden poner la radio del coche fuerte no vaya a ser que por cosas del infortunio, la escuche el del coche de al lado, y que ciertos señores de traje te hagan comerte uno a uno los discos. También temen que al grabar el bautizo de su sobrino, vengan y les cobren por cada sonrisa filmada en el video, o por cada foto que le pasen a su primo que vive a veinte kilómetros.

Otros tienen miedo a tras un almuerzo, en pleno mes de junio, a treinta y cinco grados a la sombra, meciendo el flequillo bajo un ventilador, descansando en plena faena hormigonera con los bajos llenos de mezcla, encender un cigarrillo mientras se toman un café cortado para echar el resto de la tarde. No vaya a ser que el local tenga mas de cuatro losas por cuatro losas y haya alguien vigilando tras la máquina expendedora de bolitas de chicle gigantes, y les salga la cuenta en negativo al terminar la jornada.

O temen salir a la calle en determinadas horas, aquellas en las que chavales con menos de la veintena de años, llevan bajo el pié el gatillo de cientos de caballos desbocados galopando esquina tras esquina, buscando lo que todo el mundo nunca espera encuentren a pesar de todo. Mientras que un hombre mayor, que para dar un paseo a su señora en motocicleta por la sierra de su pueblo, tiene que pasar tres exámenes, pagar más que el otro, y limitar la potencia de su pony de recreo.

También he escuchado que tienen miedo a que sus hijos tengan que hipotecar sus vidas, y las de sus nietos, para pagar un piso de paredes juntas y finas como el papel, mientras ellos pagaron hace tiempo su casa, en la que pueden merendar en el jardín al caer la tarde.

Y sobre todo temen a lo que venga mañana, o al mes que viene, temen a la incertidumbre, a la inseguridad, a verse en un mundo que cambia sin orden ni sentido, y temen porque aunque pensemos que no va a peor, parece que va.

Desorden digital

Con la única luz de un flexo rojo sobre la mesa, golpea teclas de plástico con letras impresas, con la misma fuerza que el martillo de un juez, pero oculto tras un escritorio y una cara sin rostro, tras un cable que recorre miles de kilómetros hasta sitios que desconocemos y no queremos conocer. Bits de información que se acumulan, se apegotonan al final de un túnel para escupir un mensaje con o sin sentido, lanzado a la velocidad de la luz hacia la nada, esperando ser recogido por alguien que le de sentido.

Y esos bits de información pueden formar una palabra, o muchas, que formen la siguiente novela de éxito que inundará las librerías, o un escueto mensaje de menos de ciento cuarenta caracteres que haga reir a algún japonés comiendo arroz con las piernas cruzadas, o un comentario provocador en el mensaje de un foro donde miles de personas discuten sobre el tamaño en milímetros de un móvil que no pueden permitirse, o el video de un gato persa de espeso pelo que cae al intentar subir a una repisa junto a la ventana… o quizás la fotografía de un menor amontonada entre miles de fotos más, almacenadas y clasificadas por categorías, todas y cada una de ellas igual de repugnantes… es el desorden digital donde el todo y la nada conviven.