Mar de sábanas
Miles de pequeñas y asfixiantes partículas de polvo flotan inmóviles en el aire espeso y caliente del mes de julio, bañado por afilados destellos de luz que se filtran por agujeros entre sábanas gigantes que tapan el cielo. Los pies bañados en polvo, bolsas transparentes de plástico y papel de envolver. Huele a piel, plástico y aceitunas. Un murmullo constante y a la vez cercano inunda los pasillos, entre cientos de cajas de zapatos, vestidos que cuelgan de perchas y pantalones cortos de color rosa palo. Sudor, calor y caos. Y un pasillo da a otro pasillo, que a su vez da a otro pasillo, y furgonetas blancas que parecen clonadas cierran por completo el paso de ese pasillo el cual crees que es la salida de este mar de chanclas a cuatro euros, y tienes que rodear pasando por un puesto de frutos secos traídos de quien sabe donde, y un puesto de pañuelos de seda de un millón y medio de colores. Y cajas apiladas, y perchas, y olor a aceitunas.
Y esto es el rastro a la hora de la recoger.