(Fuente: jonnypockets)
David Fincher
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TENTE: construyendo una generación
Never forget

(Fuente: jonnypockets)
Pequeño universo
Aquella mañana volvía a casa con la sonrisa de oreja a oreja y los ojos llenos de ilusión. Desde que era muy pequeño comenzaron a gustarle las estrellas, pasaba las noches observando con un pequeño telescopio por la ventana de su habitación, y soñaba con ser astronauta. Aquella mañana su maestra preguntó en clase:
- ¿Alguien sabría decirme el nombre de los planetas del sistema solar?
Desde hacía dos años ya lo sabía, y por primera vez podía ser el primero de la clase.
- Yo lo sé señorita.
- No los digas aún, ¿podrías enseñárnoslos mañana?
Miraba con ojos como platos asintiendo con la cabeza.
A saltos llegó a casa de alegría, de un salto esquivó el charco de la entrada de casa y de un salto subió las escaleras hasta su cuarto para ponerse manos a la obra.
Rebuscó entre su baúl de juegos y sacó plastilina de colores, las hizo bolitas formando los planetas, cortó un trozo del techo de su cuarto, un lienzo azul oscuro con estrellas dibujadas, y clavó en él con palillos de dientes las bolitas. Para la hora de comer tenía encima del escritorio un pequeño sistema solar y toda su ilusión.
Aquella tarde la pasó pensando que iba a decir al día siguiente. Ensayó con su abuelo la presentación.
- Y este de color rojo es Marte… -miraba al techo de la habitación - ¿Habrá marcianos allí de verdad abuelo?…- el abuelo lo miraba perplejo sin saber que contestar.
- ¿De verdad existe un Dios que creó todo el universo?- el abuelo se encojía de hombros sin una respuesta que dar que no fueran sus propios ideales.
Ultimó los detalles de su obra con su madre y unos hilos para marcar las trayectorias de los planetas y se fué a la cama sin sueño y con la idea de ser por una vez el primero de la clase.
Por la mañana estaba el primero al pié de la escalera, con su raya al lado, oliendo a la colonia de su padre y con el pequeño sistema solar en las manos. Impaciente. Entusiasmado. Orgulloso.
Vió a sus madre coger las llaves del coche de la encimera y respiró hondo comprendiendo que había llegado el momento. Y al tiempo de salir por la puerta, un golpe de aire levantó al pequeño universo de sus pequeñas manos y lo volcó en el charco que el día anterior había cruzado de un salto. Intentó rescatarlo, pero el papel se deshacía entre sus dedos, su universo de desmoronaba y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Se levantó y miró hacia la puerta con el alma rota de dolor, cuando el abuelo que había salido para ver a su nieto marchar le dijo:
- Por desgracia nieto, esa es la respuesta a tu segunda pregunta.
Algo bueno
Ahora, si nos quedamos escondidos en una de las esquinas próximas a la puerta de un bar, y prestamos atención, podemos ahorrarnos la televisión, la radio o leer libros. Ahora, sobre un mar de colillas y bajo las heladas tempranas de las mañanas mediterráneas, un hombre enfundado aún en el traje de faena, aunque hace meses que no trabaja, rememora batallas antiguas. Como, cuando era pequeño, hacía recados a su abuela por dos pesetas, como lo persiguieron en la época que nadie quiere pero todo el mundo parece querer recordar, donde hizo la mili o donde conoció a una mujer cualquiera menos a la suya. Un hombre aferrado al pasado, con las mismas palabras y las mismas ideas grabadas a fuego en la cabeza, en un mundo sin ordenadores, Internet o hipoteca.
Antes todas esas historias quedaban dentro de los pequeños bares de barrio, con el humo de mil cigarrillos inundando cada gramo de aire, con el olor a aceite, a manteca colorá y a jamón. Y ahora las tenemos para disfrutarlas en la puerta del bar de cualquier calle de cualquier barrio. Algo bueno tendría que traernos la ley del humo.
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