Pedro Moreno

Documentando mi visita al planeta tierra desde 1979

Cuando las casas se quedan vacías

Cuando las casas se quedan vacías, cuando la última persona de la familia sale a la calle y cierra la puerta tras sí, ellos tienen su oportunidad. Se desprenden de las paredes silenciosamente y se van sentando en torno a la mesa camilla hundiendo sus pies en las ascuas del brasero, con la vana esperanza de calentar sus cuerpos yertos. Cuando los vivos se van a sus quehaceres y los otros van llegando y descansan un instante en su vagar eterno, el pájaro se retira tembloroso al fondo de su jaula y queda mudo, el gato se estrella repetidas veces contra el cristal de la ventana y acaba por refugiarse en un rincón hecho un ovillo, los perros aúllan de esa manera tan particular y fúnebre, y los peces, si los hay, desorbitan sus ojos y se quedan entre dos aguas sigilando su propio silencio. Por eso, si sois los últimos en abandonar la casa y advertís que se os ha olvidado algo, haríais bien en no volver a entrar, pero si acaso las circunstancias os obligaran a hacerlo, introducid ruidosamente la llave en la cerradura, llamad al timbre, aunque sepáis que no hay nadie, y entrad silbando. De lo contrario ellos podrían verse sorprendidos y vosotros seríais los únicos en sufrir las horrendas consecuencias por haber interrumpido tal género de reunión. Esta advertencia que acabo de hacer sólo reza para las casas antiguas, aquellas en las que ha fallecido más de una persona. Si ese es vuestro caso no seáis imprudentes. Obrad tal y como acabo de advertiros, y si es invierno dejad el brasero encendido. Cuesta tan poco ilusionar a los que ya están para siempre desilusionados… Encerrad al gato en una habitación y poned el capuchón a la jaula del pájaro y, si os es posible, circunstancialmente, dejad sobre la mesa camilla un recipiente con un poco de sangre.

- Diabólica advertencia, de Pedro Montero

Receta para llevar música en el iPhone sin complicarse

Mi alternativa a tener que ir sincronizando a menudo la biblioteca de música del iPhone que escucho a diario en el trabajo es:

1. Descargar la app TuneIn Radio Pro (0,79€)
2. Buscar en la opción navegar “181 buzz”. Elegir 181.FM the Buzz (Alt. Rock)
3. Por las noches darle a Grabar. Al levantarse pararlo.
4. Y en grabaciones tendremos horas y horas de música aleatoria sin complicaciones.

Se pueden variar los datos de la opción 2 al gusto.

Desayunando

Leche caliente. Un sobre de quince gramos de Cola-Cao. Otro de azúcar. Una cucharilla formando un remolino en un vaso de bar casi opaco de tantos lavados. Y un extraño que se sienta en la misma mesa, compartiéndola como si desayunara contigo todos los días, y te pudiese contar la vida de su hija en ese mismo momento. Más de cincuenta años. Menos de sesenta.

Y cuenta de cuando era joven, de sus gustos, de donde viene y a donde va. De sus sueños, de cosas que no pudo hacer, de que se arrepiente, sus logros, sus victorias, cuantas chicas conquistó cuando aún llevaba gorra…toda su vida en una dosis comprimida de diez minutos, lo que se tarda en tomarse un Cola-Cao caliente como el mismo infierno.

Y de eso que recibes un email en el móvil, lo sacas a medias del bolsillo de la camisa, lo lees por encima y lo guardas. Y piensas que todo quedará ahí hasta que tu nuevo compañero de Cola-Caos te pregunta que tal te va con el móvil. Que el lo tiene pirateado y le instala casi todas las aplicaciones que ve gratis para probarlas y luego las borra. Y que en eso pasa el día, no lo dice, pero lo notaría hasta el de la mesa de al lado. Se le ilumina la cara al contarlo, abre los ojos, sonríe como un niño en lo más alto de un columpio. Habla como el que se ha leído todas las revistas de informática, y todos los blogs de Internet, y se los haya aprendido de memoria, con cada palabreja, sigla o expresión. 

También habla de motos, antiguas, mucho. Hace un repaso a su historial, con marca, modelo y una anécdota de cada una de ellas, o varias, y siento que podrían ser miles. De que piezas desmontaba en el taller de su abuelo, de cuanto le costó conseguir tal asiento. Y ahora las restaura, cuenta que las tiene todas guardadas en un taller cerca de donde cada día tomo un Cola-cao. Y me invita a verlas.

Y no se como estoy entrando en una nave industrial llena de colchones desde el suelo al techo, formando pasillos de medio metro de ancho y el aire oliendo a humedad y polvo. Colchones de apariencia, sin venderse, sin haber pisado un cliente aquel suelo en años. Y pasamos a un pequeño despacho medio a oscuras, con torres de ordenador por todas partes, piezas, destornilladores, ventiladores, cables y monitores. Móviles de todas las marcas alineados en las estanterías, con sus cargadores liados cuidadosamente en sus cables. Y al encender una luz al fondo del todo, motocicletas que parecen se vayan a desmoronar con solo tocarlas, brillantes como el día que salieron de la fábrica. Y las mira como un padre mira a su hija chapotear en la orilla de la playa. Y yo lo miro a el preguntándome si no seré yo dentro de treinta años.